Abrimos
esta segunda semana de adviento con la celebración de dos fiestas marianas que
tanto nos alegran y entusiasma en nuestra fervor popular.
Por
un lado, la Inmaculada Concepción de María como dogma de fe que declara que por
una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su
concepción. El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de
1854, en la bula Ineffabilis Deus: “…declaramos, proclamamos y definimos que la
doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de
toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por
singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de
Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por
tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”
La
concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la
materia orgánica procedente de los padres, es el momento en el que inicia la
vida humana. Este dogma declara que María quedó preservada de toda carencia de
gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa
Ana.
Por
otro lado, celebraremos a la Morenita del Tepeyac para pedir por la paz de nuestro
México que se ve tan convulsionado, harto y cansado de tantas injusticias por
la inseguridad, por el flagelo de la violencia, la incertidumbre e incomodidad
económica familiar, y un largo etc.
No
hay mexicano que no se sienta guadalupano y por ello ese día lo celebra de
cualquier modo hasta cayendo en excesos que rayan y desdicen de un católico mariano
y guadalupano. Aún así, nuevamente volverán a resonar aquellas palabras que le
dijo al indio Juan Diego, hoy santo y canonizado por san Juan Pablo II el 31 de
julio del 2002: “No se turbe tu corazón… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”
La
Conferencia del Episcopado Mexicano nos exhorta a todos los mexicanos a que en
este día 12 de diciembre “unidos al Papa Francisco, pidamos la intercesión de
la Madre de Dios por la conversión de todos los mexicanos, particularmente la
de quienes provocan sufrimiento y muerte, y para que todos pongamos lo mejor de
nosotros mismos en hacer posible la paz.”
Oración por la paz.
Señor Jesús, tú eres
nuestra paz, mira nuestra Patria dañada por la violencia y dispersa por el
miedo y la inseguridad. Consuela el dolor de quienes sufren. Da acierto a las
decisiones de quienes nos gobiernan. Toca el corazón de quienes olvida que
somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte. Dales el don de la conversión.
Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros
pueblos y comunidades. Que como discípulos misioneros tuyos, ciudadanos
responsables, sepamos ser promotores de justicia y de paz, para que en ti, nuestro
pueblo tenga vida digna. Amén.
Así
pues, comprometámonos a ser constructores de paz, sumándonos a los esfuerzos
para atender a las víctimas de la violencia. Paz que se funda en la verdad, la
justicia y la libertad, como enseñaba San Juan XXIII. ¡Hablemos claro!
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