Cada día experimentamos el final de un día que
inició con gran ilusión. Cerramos etapas en nuestra vida y quisiéramos cuando todo
marcha bien detener el tiempo. Hoy termina el mundial de fútbol. Un mes lleno
de muchas sorpresas, de alegrías, tristezas y desilusiones, se gana y se
pierde, etc. El tiempo no para y esta etapa acaba. Así lo ha vivido el mundo
entero y así lo sentimos todos cada día. No digamos cuando perdemos a un ser
querido en nuestra familia, su ausencia y el hueco que deja en nuestro hogar
marca el final de una etapa y siempre nos hace pensar, sin lugar a dudas, que
también el tiempo nos interpela y nos llama la atención para prepararnos mejor.
Los colegios han cerrado un ciclo académico más,
se encuentran en clausuras y graduaciones. Un año queda atrás cuajado de
momentos que cada uno ha vivido de lo más variopinto. Hay que reconocer que se
llora y se sufre, se ríe y se goza. Los acontecimientos se suceden a veces sin
esperarlos ni desearlos, pero sí, hay un Dios tan Providente que nos sorprende
a cada paso.
Para muchos la primera quincena de vacaciones ha
concluido y ahora emprenden su
labores y actividades ordinarias. Quisieran alargar más el descanso que siempre
es poco y pasa muy rápido. Un tiempo más que no podemos atrapar.
Alguien
dijo: “No existe falta de tiempo, existe falta de interés. Porque cuando la
gente realmente quiere, la madrugada se vuelve día. Martes se vuelve sábado y
un momento se vuelve oportunidad”. Indudablemente no podemos vivir aferrados al
pasado, los minutos y las horas pasan irremediablemente, y sin quererlo ni
desearlo camina el tiempo lleno de frenesí e inquietantes novedades. Una etapa
más, el pasado no volverá, ha terminado y de esta manera cerramos la puerta con
la certeza de que no volveremos a abrir este pasado, quizá sólo recordaremos
este tiempo como un período que ha marcado la vida propia como agradable o desagradable,
más no podemos revivir cada instante de la vida.
Se trata de pasar página nueva, de vivir el presente
y empezar un nuevo capítulo. Sabiendo que cada uno tiene una forma de ver la
vida, de convivir con las dificultades y con las conquistas que se traza como
meta. Nuevos desafíos se presentan ante nuestro ojos para poder tener la osadía
y valentía de afrontarlos. Aquí es donde se pone a prueba nuestro coraje y por
supuesto nuestra voluntad de cambio. Cada día que iniciamos es muy diferente,
ninguno es igual, por eso cuando abrimos los ojos cada mañana debe llenarnos de
ilusión, porque el final de una etapa es sólo el comienzo de otra.
El continuo examen de conciencia sobre nosotros
mismos nos hará aprovechar esta nueva jornada para sacarle el mejor jugo
posible. No existe mayor desgracia que perder nuestro tiempo en vagas
contemplaciones y viviendo la vida sin ilusión y entrega. Pasarnos la vida sin
hacerla rendir a tope. Quizá no seremos grandes personajes famosos, ni nuestros
nombres aparecerán en los libros de historia. En cambio, podemos aprovechar al
máximo el tiempo que Dios nos concede y construir algo por los demás.
Definitivamente el tiempo es un don que Dios nos
concede y que nos invita a saberlo aprovechar. Ya lo decía Virgilio en su
inmortal obra la Eneida: “Tempus irreparabile fugit”, el tiempo se escapa sin
remedio. Por ello como se trata de un valor no material, no lo percibimos con
tanta facilidad y claridad, más bien debemos hacer una parada y reflexionar
para darnos cuenta de él.
No olvidemos que cada uno hemos recibido de Dios
unos talentos que debemos trabajar para mostrarle a Él, al final de nuestra
vida los frutos de trabajo. Es de
esta manera como podemos hacer rendir lo que hemos recibido y poder ser
premiados si hemos sabido aprovechar con verdadero interés el día que vivimos y
el tiempo que se nos ofrece. ¡Hablemos claro!
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