domingo, 6 de abril de 2014

“Wojtyla el Magno, casi santo”.


Ya son 9 años de su partida al cielo de Beato Juan Pablo II, llamado el Grande. Aquella triste noticia corría velozmente congestionando el internet, las redes sociales y medios de comunicación. ¡Cómo nos consternaba la pérdida de nuestro Vicario de Cristo! No lo podíamos creer, que aquel titán convertido en un verdadero atleta de Dios se apagaba paulatinamente como todo mortal.

Su vida parecía la de un hombre valiente e incansable que nunca tendría necesidad de médicos, y sin embargo, todo cambió el 13 de mayo de 1981: las balas disparadas no lo mataron, pero perjudicaron gravemente su salud de hierro. La enfermedad y el sufrimiento fueron parte de su vida, pasando a ser “un hombre de dolores”. De esta experiencia nació la Carta Apostólica “ Salvifici doloris”, sobre el sentido cristiano del sufrimiento. Así introdujo la jornada mundial del enfermo el día de la Virgen de Lourdes.

Poco a poco, el parkinson y los problemas ostearticulares lo inmovilizaron y le hicieron prisionero de su cuerpo, sin embargo, él continuaba su misión y no escondía sus males. No por exhibicionismo, sino para reivindicar el valor de la enfermedad y discapacidad en nuestra sociedad. Las últimas semanas fueron su calvario, nos enseñó a vivir y nos mostraba cómo afrontar cristianamente la muerte. Quiero hacer presente las palabras que hace unos días recogía el doctor Renato Buzzonetti, su médico personal, en un libro que será una joya para todos los católicos: “Junto a Juan Pablo II”.

Decía el doctor: “El sábado 2 de abril de 2005, se celebra la Santa Misa a los pies de la cama del Santo Padre, en la que él participa atentamente. Al finalizar Juan Pablo II, con palabras mal pronunciadas y casi ininteligibles, pide la lectura del evangelio de San Juan, que el padre Styczeń cumple devotamente durante nueve capítulos. Hombre contemplativo, con ayuda de los presentes, recita las oraciones del día hasta el Oficio de las lecturas del domingo inminente. Hacia las 15.30, el Santo Padre susurró a sor Tobiana: “dejadme ir con el Señor…” en lengua polaca. Don Stanislao me dijo estas palabras sólo algunos minutos después.

Era su consummatum est (Jn 19, 30) no era una rendición pasiva al sufrimiento ni un escape del sufrimiento, sino la conciencia profunda de un vía crucis que –valientemente aceptado hasta la expoliación de todo lo terreno y de su vida misma- ya se acercaba su objetivo final: el encuentro con el Señor. Él no quería retrasar este encuentro esperado desde los años de su juventud. Para esto había vivido. Eran por tanto palabras de espera y de esperanza, de renovado y definitivo abandono en las manos del Padre.

Después de las 14.00 pm, el Santo Padre pierde progresivamente la conciencia. Hacia las 19.00 pm entró en un coma profundo y después en agonía, El monitor registra el progresivo agotamiento de los parámetros vitales. A las 20.00 pm comienza la misa celebrada a los pies de la cama del Pontífice que fallecía. Celebra Monseñor Dziwisz con el cardenal Jaworski, Don Mietek y Mons. Rylko. Cantos polacos se cruzan con los que llegan de la Plaza de San Pedro llena de gente.

Una pequeña vela brilla en la cómoda junto a la cama. A las 21.37 pm el Santo Padre murió. Después del dolor, se entonó el Te Deum en polaco y desde la plaza, de repente, se ve iluminada la ventana de la habitación de la cama del Papa…” 


Que la celebración de esta aniversario en la espera del acontecimiento de su canonización, nos haga prepararnos espiritualmente, para poder reavivar el patrimonio de fe que nos legó. ¡Hablemos claro!

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