Ya son 9 años de su partida al cielo de Beato Juan
Pablo II, llamado el Grande. Aquella triste noticia corría velozmente
congestionando el internet, las redes sociales y medios de comunicación. ¡Cómo nos
consternaba la pérdida de nuestro Vicario de Cristo! No lo podíamos creer, que
aquel titán convertido en un verdadero atleta de Dios se apagaba paulatinamente
como todo mortal.
Su vida parecía la de un hombre valiente e
incansable que nunca tendría necesidad de médicos, y sin embargo, todo cambió
el 13 de mayo de 1981: las balas disparadas no lo mataron, pero perjudicaron
gravemente su salud de hierro. La enfermedad y el sufrimiento fueron parte de
su vida, pasando a ser “un hombre de dolores”. De esta experiencia nació la
Carta Apostólica “ Salvifici doloris”, sobre el sentido cristiano del sufrimiento.
Así introdujo la jornada mundial del enfermo el día de la Virgen de Lourdes.
Poco a poco, el parkinson y los problemas
ostearticulares lo inmovilizaron y le hicieron prisionero de su cuerpo, sin
embargo, él continuaba su misión y no escondía sus males. No por exhibicionismo,
sino para reivindicar el valor de la enfermedad y discapacidad en nuestra
sociedad. Las últimas semanas fueron su calvario, nos enseñó a vivir y nos
mostraba cómo afrontar cristianamente la muerte. Quiero hacer presente las
palabras que hace unos días recogía el doctor Renato Buzzonetti, su médico
personal, en un libro que será una joya para todos los católicos: “Junto a Juan
Pablo II”.
Decía el doctor: “El sábado 2 de abril de 2005, se celebra la Santa Misa a los pies de
la cama del Santo Padre, en la que él
participa atentamente. Al finalizar Juan Pablo II, con palabras mal
pronunciadas y casi ininteligibles, pide la lectura del evangelio de San Juan,
que el padre Styczeń cumple devotamente durante nueve
capítulos. Hombre contemplativo, con ayuda de los presentes, recita las
oraciones del día hasta el Oficio de las lecturas del domingo inminente. Hacia
las 15.30, el Santo Padre susurró a sor Tobiana: “dejadme ir con el Señor…” en
lengua polaca. Don Stanislao me dijo estas palabras sólo algunos minutos
después.
Era
su consummatum est (Jn 19, 30) no era una rendición pasiva al sufrimiento ni un
escape del sufrimiento, sino la conciencia profunda de un vía crucis que
–valientemente aceptado hasta la expoliación de todo lo terreno y de su vida
misma- ya se acercaba su objetivo final: el encuentro con el Señor. Él no
quería retrasar este encuentro esperado desde los años de su juventud. Para
esto había vivido. Eran por tanto palabras de espera y de esperanza, de
renovado y definitivo abandono en las manos del Padre.
Después
de las 14.00 pm, el Santo Padre pierde progresivamente la conciencia. Hacia las
19.00 pm entró en un coma profundo y después en agonía, El monitor registra el
progresivo agotamiento de los parámetros vitales. A las 20.00 pm comienza la
misa celebrada a los pies de la cama del Pontífice que fallecía. Celebra
Monseñor Dziwisz con el cardenal Jaworski, Don Mietek y Mons. Rylko. Cantos
polacos se cruzan con los que llegan de la Plaza de San Pedro llena de gente.
Una
pequeña vela brilla en la cómoda junto a la cama. A las 21.37 pm el Santo Padre
murió. Después del dolor, se entonó el Te Deum en polaco y desde la plaza, de
repente, se ve iluminada la ventana de la habitación de la cama del Papa…”
Que la celebración de esta aniversario en la
espera del acontecimiento de su canonización, nos haga prepararnos espiritualmente,
para poder reavivar el patrimonio de fe que nos legó. ¡Hablemos claro!
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