¡Cristo ha Resucitado! En la gran Vigilia Pascual
hemos descubierto la expresividad de la liturgia de esta noche, la impronta de
la bendición de fuego nuevo y esa luz que irradia del Cirio Pascual que inunda
cada templo venciendo las tinieblas del pecado. La maravillosa historia de la
salvación que nos narra la palabra de Dios y el agua que mana de la fuente
bautismal, todo nos habla del triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte.
La apasionante historia de amor que Jesús protagoniza,
necesitaba una clave para ser entendida. Y cuando el Padre rompe su silencio de
tres días resucita a su Hijo Jesucristo y se la entrega a toda la Iglesia, a
nosotros sus hijos. Esta es la fuerza de la Resurrección que marca a la Iglesia
desde el principio. Por eso la fe en Jesucristo empieza a descubrirse como la
fe en la Resurrección. Ésta será el dato culminante de su fe en Cristo y
confirmando todas las promesas del Antiguo Testamento. Él ha sido fiel y su
amor se ha desbordado sin límites con sobreabundancia.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo
recuerda en el número 683 “La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de
nuestra fe en Cristo”. De esta manera lo vivió la comunidad cristiana de los
primeros tiempos como el centro de su existencia. Todas sus certezas: su
caridad a todos, la serenidad y fortaleza en el martirio, el amor por la
Eucaristía, etc, todo se refería al Misterio Pascual de Cristo, a su muerte y
Resurrección. San Pablo lo expresaría “si Cristo no resucitó, vana es nuestra
fe”.
Se trata de vivir una vida nueva, de ser hombre y
mujeres con rostros de resucitados, para decirle adiós a la tristeza, al odio,
al coraje, a la crítica, al chisme, a la envidia, al orgullo, a la vanidad, a
la soberbia, y a todas esas pasiones que nos ciegan y no nos dejan vivir en paz
en nuestro corazón. Creer en la Resurrección es creer en una vida llena de
esperanza, de fortaleza, de amor, es no vivir más en el pecado, es vivir como
peregrinos hacia la posesión eterna de Dios. A buscar y anhelar las cosas de
arriba donde está Cristo.
No estamos solos, Cristo ha venido a buscarnos. Ha
bajado a los infiernos de nuestro pecado y de nuestro miedo a morir; muriendo,
destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida. Jamás la muerte de
Cristo será un fracaso, sufre por nosotros y por amor lo da todo. Nos enseña
con finura el arte de vivir y de morir. Cristo pasó por este valle de lágrimas
y nos da una esperanza inquebrantable. Afortunadamente todos vamos a morir,
pero Él nos espera y quiere premiarnos. Vivamos esta gran realidad. Estamos de
paso y nuestra meta es el cielo.
El tiempo pascual resuena con un gran Aleluya.
Hagamos que la fuerza del Resucitado cale hasta lo más profundo de nuestro
corazones y nos transforme en esos hombres y mujeres nuevos. Felices Pascuas de Resurrección. ¡Hablemos claro!
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