domingo, 20 de abril de 2014

¡La fuerza del Resucitado!

¡Cristo ha Resucitado! En la gran Vigilia Pascual hemos descubierto la expresividad de la liturgia de esta noche, la impronta de la bendición de fuego nuevo y esa luz que irradia del Cirio Pascual que inunda cada templo venciendo las tinieblas del pecado. La maravillosa historia de la salvación que nos narra la palabra de Dios y el agua que mana de la fuente bautismal, todo nos habla del triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte.

La apasionante historia de amor que Jesús protagoniza, necesitaba una clave para ser entendida. Y cuando el Padre rompe su silencio de tres días resucita a su Hijo Jesucristo y se la entrega a toda la Iglesia, a nosotros sus hijos. Esta es la fuerza de la Resurrección que marca a la Iglesia desde el principio. Por eso la fe en Jesucristo empieza a descubrirse como la fe en la Resurrección. Ésta será el dato culminante de su fe en Cristo y confirmando todas las promesas del Antiguo Testamento. Él ha sido fiel y su amor se ha desbordado sin límites con sobreabundancia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo recuerda en el número 683 “La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo”. De esta manera lo vivió la comunidad cristiana de los primeros tiempos como el centro de su existencia. Todas sus certezas: su caridad a todos, la serenidad y fortaleza en el martirio, el amor por la Eucaristía, etc, todo se refería al Misterio Pascual de Cristo, a su muerte y Resurrección. San Pablo lo expresaría “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”.

Se trata de vivir una vida nueva, de ser hombre y mujeres con rostros de resucitados, para decirle adiós a la tristeza, al odio, al coraje, a la crítica, al chisme, a la envidia, al orgullo, a la vanidad, a la soberbia, y a todas esas pasiones que nos ciegan y no nos dejan vivir en paz en nuestro corazón. Creer en la Resurrección es creer en una vida llena de esperanza, de fortaleza, de amor, es no vivir más en el pecado, es vivir como peregrinos hacia la posesión eterna de Dios. A buscar y anhelar las cosas de arriba donde está Cristo.

No estamos solos, Cristo ha venido a buscarnos. Ha bajado a los infiernos de nuestro pecado y de nuestro miedo a morir; muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida. Jamás la muerte de Cristo será un fracaso, sufre por nosotros y por amor lo da todo. Nos enseña con finura el arte de vivir y de morir. Cristo pasó por este valle de lágrimas y nos da una esperanza inquebrantable. Afortunadamente todos vamos a morir, pero Él nos espera y quiere premiarnos. Vivamos esta gran realidad. Estamos de paso y nuestra meta es el cielo.


El tiempo pascual resuena con un gran Aleluya. Hagamos que la fuerza del Resucitado cale hasta lo más profundo de nuestro corazones y nos transforme en esos hombres y mujeres nuevos. Felices Pascuas de Resurrección. ¡Hablemos claro!

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