Durante esta semana nuestra diócesis se llenó
de alegría cuando el Excmo. Sr. Obispo D. Faustino Armendáriz confirió el
sacramento del Orden, en grado de Diaconado, en primer lugar a 4 seminaristas
el pasado lunes en la parroquia de Santiago en Jalpan de Serra, con motivo de
los 300 aniversario del natalicio de beato Fray Junípero Serra. Y después el
jueves a 10 seminaristas en el Seminario Conciliar de Nuestra Señora de Guadalupe.
En víspera de la magna celebración del 150
aniversario de la fundación de nuestra diócesis, esta ordenación es una
bocanada de aire fresco que nos hace inhalar un oxígeno de mucha esperanza y
confianza para nuestra Iglesia. Cuántas necesidades tiene el mundo entero de
vocaciones, de almas generosas y entusiastas que sepan responder a la
invitación del Señor que llama, es Él quien toma la iniciativa lanzando las
redes en cada familia, en cada hogar, en cada parroquia… sigamos rezando para que
haya una pronta respuesta y no seamos sordos a este desafío tan apremiante de
evangelización.
En el corazón de cada uno de estos jóvenes
diáconos, hay un cúmulo de experiencias y vivencias que han ido forjando a lo
largo de su formación. Sí, ha sido un camino arduo y difícil pero siempre
accesible y alentador, pues han contado con la Gracia de Dios que los sostiene
y con todos los medios a su alcance: estudios, oración, formadores, vida de
equipo etc.
Al mismo tiempo, me uno a esta fiesta porque el
Señor ha permitido celebrar mi 19 aniversario sacerdotal. “Gracias, Dios mío
por el gran don del sacerdocio y de mi perseverancia”. Cada día renuevo y
refresco mi entrega incondicional a su servicio. Hace 35 años cuando me
encontraba con tan sólo 12 años salí de mi casa para emprender esta gran
aventura de la vocación con la bendición de mi madre: “El Señor te bendiga y te
proteja, el Señor vuelva hacia ti su semblante y te dé paz. En el manto de
María esté mi hijo envuelto, no lo quiero ver muerto ni herido ni de sus
enemigos perseguido, Dulce Madre, no te alejes tu vista de él no apartes, anda
con él a todas partes y sólo nunca lo dejes. Ignacio, hijo, tu mira a tu
Cristo, no lo traiciones hijo, aunque mucho lo abandonen y lo dejen”…
Así lo he vivido, y así lo experimento día a
día, no dejo de mirarlo porque Él ha llenado los mejores años de mi vida y mi
juventud. ¡Qué maravilla poder ser puente entre Dios y los hombres! Ser un
medio para hacerles llegar la incomparable gracia del perdón, bendecir y ser instrumento
vivo de la presencia de Cristo en sus corazones. Aceptemos el riesgo de seguir
a Cristo con todas sus consecuencias. ¡Hablemos claro!
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