Muchos son los acontecimientos que marcan el mes de
octubre. Mes del rosario, San Pío
X decía: “Dadme un ejército que rece el Rosario y lograré conquistar el
mundo”. Mes
de las misiones, el Papa Benedicto XVI decía en su exhortación apostólica Verbum
Domini en el número 95: “El impulso
misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial”. Mes de la lucha contra el cáncer de
mama, según la Organización
Mundial de la Salud se estima que alrededor de 84 mil millones de
personas morirán a causa de esta enfermedad entre los años 2005 y 2015.
Sin embargo, quisiera centrar mi mirada en la
intención general para el apostolado de la oración, que el Papa Francisco nos propone: “Que quienes se sienten agobiados hasta el
extremo de desear el fin de su vida, adviertan la cercanía amorosa de Dios”.
En estos días
ha saltado la noticia de que el teólogo suizo Hans Küng, de 85 años, al que el
beato Juan Pablo II inhabilitó para oficiar como sacerdote y enseñar teología
católica por sus posturas críticas frente al Vaticano, se plantea recurrir al
suicidio asistido para poner fin a su vida, ante la progresión que sufre de la
enfermedad de Parkinson. "No quiero
seguir viviendo como una sombra de mí mismo. El ser humano tiene el derecho a
morir cuando ya no tiene ninguna esperanza de seguir llevando lo que según su entender es una existencia humana",
escribe el teólogo, en el tercer y último volumen de sus memorias. Küng vive
completamente retirado de la vida pública desde que cumplió los 85 años, a
principios de 2013. "No estoy cansado de la vida, sino harto
de vivir", apunta, para añadir que no tiene intención de
cumplir los 90 años.
Para comprender mejor, estamos hablando de la
eutanasia, entendida como la
acción u omisión que acelera la muerte
de un paciente desahuciado con la intención de evitar sufrimientos. Este
concepto está asociado a la muerte sin
sufrimiento físico.
Concretamente podemos establecer que existen dos
tipos de eutanasia. Así, por un lado, estaría la llamada eutanasia directa que
es aquella que viene a definir al proceso de adelantar la muerte de una persona
que tiene una enfermedad incurable. En este caso, a su vez, aquella se puede
dividir en dos clases: la activa, que básicamente consigue la muerte del citado
enfermo mediante el uso de fármacos que resultan letales; y la pasiva, que es
la que consiste en la consecución de la muerte de aquel mediante la suspensión
tanto del tratamiento médico que tenía como de su alimentación por cualquier
vía.
Por otro lado, el segundo gran tipo de eutanasia
es la llamada indirecta. Bajo dicha terminología se encuentra aquella que lo
que hace es intentar paliar el dolor y sufrimiento de la persona en cuestión y
para ello se le suministran una serie de medicamentos que como consecuencia no intencionada
pueden producir la muerte de la citada persona.
“Cualesquiera
que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a
la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente
inaceptable”. (CIC 2277)
La gran tragedia del hombre de hoy es olvidar la
razón maravillosa y portentosa por la cual estamos en este mundo. Dejemos a
Dios ser Dios en nuestras vidas. ¡Hablemos claro!
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