lunes, 30 de julio de 2012

En tu nombre Señor, echaré las redes!!!


Creo que a todos nos ha pasado y lo hemos experimentado, hay momentos en nuestras vidas cuando todos nuestros esfuerzos parecen infructuosos. Mientras más empeño, trabajo y dedicación ponemos, menos logramos lo que queremos.


Son tiempos difíciles, en los cuales la luz no se ve a lo lejos, ni en el horizonte. Solo sentimos tristeza, soledad, cansancio y mucha confusión. 

Sin embargo, sí hay una luz, aunque nuestros ojos no puedan discernirla. Siempre está disponible, a veces se nos presenta en el momento más oscuro de nuestra noche. Allí, cuando nos sentimos sin fuerzas, totalmente desolados.


Sentimos una loza enorme en nuestras espaldas, el peso de nuestros propios cuerpos se nos hace casi imposible de llevar. Entonces, es en ese momento cumbre de nuestra debilidad, en esas circunstancias menos esperadas, cuando viene a nosotros esa chispa de luz. Algunos la reconocemos y le permitimos que nos ilumine la vida; otros, acostumbrados a las tinieblas, cierran sus ojos y no se dejan guiar.


Es como si el hombre en su lucha por ganar espacios, por adquirir fama, dinero y poder, se llena de soberbia de tal manera que se erige a sí mismo como su propia luz. Como dueño y señor de su vida. Se siente el invencible, el que todo lo puede, el que no necesita de nadie más. Pero, la tierra gira más allá de nuestras conciencias, y el sol sale cada mañana brindándole su luz a un nuevo día en un lado del planeta, mientras del otro lado, la noche cubre con su manto de oscuridad. 


Y así, seguimos girando; en un instante estamos a plena abundancia de luz, y en otro estamos bajo el manto de la oscuridad. Nunca sabemos cuándo será nuestro turno. Pero, si pensamos sensatamente, nos daríamos cuenta que todo es cuestión de tiempo, no hay que desesperarse, después de la tempestad viene la calma.


 En la sagrada escritura se nos dice: "el hombre es tan vulnerable como la flor del campo, en la mañana muestra su esplendor y en la tarde ya está marchita".


La clave está en una virtud sencilla y pura, capaz de hacernos reflexionar y bajar la cabeza ante tanta autosuficiencia y seguridad de nuestra vida, ella es la humildad.


Ésta fue la virtud que mostraron los discípulos del Señor Jesucristo cuando salieron a pescar una noche, y después de trabajar intensamente, no pescaron nada.  Pero en el amanecer Cristo se presentó en la playa y Él les dijo: 

-Muchachos ¿tienen algo de comer? A lo que ellos respondieron: ¡no! Entonces el Señor les dijo: -Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis-. Por lo que ellos la echaron, como Él les había dicho, y ya no podían sacarla, por la gran cantidad de peces. (Jn 21,1-14).


Sí, a pesar de que eran hábiles y rudos pescadores, hombres de mar, acostumbrados a esas faenas, no tuvieron la menor duda en hacer lo que el Señor les estaba indicando. Lo hicieron, y para su sorpresa e inmensa alegría allí estaban los peces, tantos que no podían con sus propias fuerzas sacar la red, debido a la abundancia de ellos. ¡Qué maravilla! todo el cansancio de la noche, se convirtió en regocijo bajo la dirección del Señor, su faena y sus trabajos en bendición. 


Pero no todo acabó ahí, el mismo Maestro y Señor de sus vidas les preparó el desayuno. Los caminos de Dios son imprevisibles, Él quiere enseñarnos y señalarnos el camino, indicarnos la acción que debemos emprender. 


No me cabe la menor duda, y esto lo he vivido en mi trayectoria sacerdotal que ¡Él quiere bendecirnos en la vida! Busquemos a Dios con humildad en la oración diciéndole: ¡Señor, en tu nombre echaré la redes! Les aseguro que abrirá sus manos y su corazón para llenarnos con sus muchas bendiciones e iluminar nuestra vida.

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